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Daniel Schmidt

Todo comenzó con un dolor en la parte baja de la espalda que pensé era una simple lumbalgia. «Era un dolor que no me dejaba caminar prácticamente», recuerdo. Mi primera consulta fue en un centro de kinesiología, donde me recetaron analgésicos, pero no surtieron efecto. Al ver que no mejoraba, decidí ir al Fleni, en Belgrano. Allí me realizaron estudios todo el día y encontraron hernias de disco. Sin embargo, el verdadero problema seguía oculto.

Con el tiempo, el dolor se volvió insoportable. Me administraron morfina para aliviarlo, pero aun así no podía caminar. Días después, algo alarmante ocurrió: «Me empecé a poner amarillo a la noche», cuenta Daniel. Tras varios días de estudios y valores alterados, una ecografía reveló la causa real de mi sufrimiento: una trombosis masiva desde la cintura hacia abajo y la ausencia congénita de la vena cava inferior. «Nunca había escuchado sobre esta condición y no sabía que la tenía», explico.

En ese momento crítico, apareció el Dr. Damián Simonelli, quien trajo claridad a una situación llena de confusión. «Él me explicó que necesitábamos un estudio más específico para confirmar si realmente no tenía la vena cava inferior o si estaba obstruida», relata Daniel.

Los estudios confirmaron que, efectivamente, no tenía la vena cava inferior. Sin embargo, mi cuerpo había desarrollado un sistema circulatorio alternativo, lo que hacía posible una intervención para desobstruir las venas afectadas. «Aunque mi sistema era diferente, me explicaron que la operación podía mejorar significativamente mi calidad de vida», señalo.

La operación, fue extensa y delicada. «Entré al quirófano al mediodía y salí a las 8:30 de la noche. Por primera vez en mucho tiempo, mis piernas estaban deshinchadas», recuerdo con alivio. La intervención fue un éxito: lograron restaurar el flujo sanguíneo y reducir las obstrucciones. A lo largo de este proceso, valoro enormemente la honestidad y el profesionalismo. «Siempre fue claro y directo, lo que nos permitió tomar decisiones rápidas y acertadas», destaco con gratitud.

Hoy, dos años después de la operación, mi vida ha cambiado completamente. «Puedo hacer 40 minutos de cinta trotando tres veces por semana. Estoy normal, no tengo secuelas y mis piernas ya no me generan molestias», concluyo, satisfecho de haber recuperado mi calidad de vida.